Satine

7 de mayo de 1788, Mozart estrenaba Don Giovanni en Viena, un gran acontecimiento al que todo pomposo aristócrata vienés debía acudir, sobre todo teniendo en cuenta el gran éxito que había obtenido dicha ópera en la creciente Praga. Como supongo que ya sabréis, querido lector, tras un aristócrata se encuentra el poder, la experiencia, la fortuna… y una mujer; pero no una mujer cualquiera, no, una mujer de clase alta, generalmente aburrida, con un físico antaño bonito unido a una cabeza vacía, pues las ideas de la ilustración apenas habían hecho mella en aquella convención de viejas estiradas a las que tenían la obligación de llamar esposa. Ellos no tenían la culpa de querer algo más interesante en sus vidas, algo nuevo, joven, de mente abierta y “moral relajada”; y yo no tenía problema a la hora de ofrecerles aquello que deseaban, siempre y cuando pagaran el precio adecuado.

Aquella noche me vestí con un traje verde esmeralda de mi difunta madre. De pie, ante el gran espejo de la pared, contemplaba mi imagen: una señorita de 19 años, 1metro 66 centímetros, de piel nívea, el cabello rizado y rojizo recogido en un complicado moño al más puro estilo rococó, de busto generoso oprimido por un corsé. Mis labios pintados de rojo se torcieron en una mueca de dolor al notar otro de los tirones de mi ayudante de cámara impidiendo, aún más si cabe, mi respiración. El carro llegó minutos después para emprender nuestro camino a la ópera.

La obra transcurrió con normalidad, fue un éxito rotundo, todas las miradas contemplaban el espectáculo con especial atención, todas menos una, a la que más tarde se unirían mis ojos verdes. Esa mirada ambarina se posó en mi figura desde uno de los palcos. Era un joven atractivo de rasgos exóticos, alto y de pelo anaranjado. Nos observamos durante unos minutos, sin ejecutar ningún movimiento, sin apartar la mirada, hasta que esbozó una sonrisa socarrona a la que respondí con una leve inclinación de cabeza seguida de un leve y lento parpadeo. Las siguientes dos horas transcurrieron sin que ninguno de los dos apartara la vista del escenario.

Leporello ya emprendía su marcha hacia la taberna, en busca de un nuevo y mejor amo, cuando el hombre pelirrojo abandonó la sala sin molestarse en volver a su butaca para ver finalizar la ópera.

Tu traición

Me giré con brusquedad, facilitando así la intrusión del arma en mi pecho. Él se quedó mirándome, confundido y en silencio, viendo como cada intento de avance por mi parte introducía más la daga en mi maltrecho corazón.

– Si pensabas apuñalarme deberías haber pensado hacerlo de frente. Tu traición jamás será olvidada, al igual que tus mentiras y todo lo que me hiciste creer.

De un empujón conseguí que soltara el arma, me di la vuelta con la cabeza gacha y emprendí mi camino.

Ha sido en esta parte de mi vida en la que he entendido que al final dejaré atrás aquello que creía importante y que resultó ser algo difuso y sin valor. Todo lo que pensé que eramos, todo lo que pensé que seríamos quedaría como un borrón en mis recuerdos.

Algún día me daré la vuelta por última vez y arrancaré aquella daga traicionera de mi pecho, dejando otra herida, otra marca que permanecerá hasta el fin de mis tiempos. Una segunda cicatriz para recordar y aprender que nunca se ha de confiar plenamente en las personas, pues ellos no confían en ti.

De mi pecho brotará la sangre dejando un reguero húmedo y escarlata, tal vez necesite ayuda, pero mis verdaderos amigos siempre estarán ahí para ayudarme a parar la hemorragia.

El Baile de Disfraces: Capítulo 7

El reloj dio las seis y Tanaka, Sebastian y Ciel ya estaban montados en la carroza que los llevaría al baile de disfraces, Finnian, Maylene y Bard los despedían desde las majestuosas escaleras de piedra que llevaban a las puertas principales. Los caballos se pusieron en marcha y los tres dejaron atrás la mansión.

Sebastian no podía quitarle los ojos de encima a Ciel y este no podía evitar reírse al mirar al demonio. Los mayordomos también tenían que ir disfrazados y las orejas de conejo que adornaban su cabeza, acompañadas con el hocico y los bigotes le daban un aspecto bastante cómico, por no hablar de la cola en forma de pompón que adornaba su trasero.

De nuevo en el carruaje emprendieron el camino hasta la gran casa de campo del Barón, a la cual llegaron tras una hora y media de viaje a un ritmo bastante lento.

La casa color marfil se vislumbraba a través del muro de piedra y hierro forjado que se alzaba rodeando la parcela. Las enredaderas se extendían por la fachada dándole un toque pintoresco y elegante. El jardín, de un verdor impresionante, estaba abarrotado de personas de todas las edades; desde los más pequeños, que no se separaban de las faldas de sus madres, hasta el mismísimo abuelo de la futura baronesa, iban disfrazados.

El traqueteo del coche se detuvo ante la gran puerta que delimitaba el insólito exterior del bullicio fiestero del interior. Sebastian abrió la puerta al conde y le tendió la mano.

Ciel posó su “zarpa” y bajó grácilmente de un salto. Acompañado por su mayordomo caminaró hasta el centro del jardín, donde el Barón y su hija esperaban a los recién llegados.

El mayordomo sostenía un gran paquete envuelto en papel verde y atado con un lazo de satén negro, que dejó sobre una gran montaña de regalos. Al ver el tamaño de este uno de los invitados no pudo contenerse, corrió hacia el conde y le preguntó emocionado el contenido del paquete verde. Ciel se paralizó, ni siquiera se había molestado en preguntar a Sebastian sobre el presente que le otorgarían a la cumpleañera así que se limitó a decirle que no era asunto suyo.

Una vez reunidos todos los invitados la fiesta se trasladó al salón de baile, donde una orquesta interpretaba las piezas más modernas de la época. Ciel, sentado en una de las sillas de la sala y con gran indiferencia, observaba como el resto de los invitados bailaban un aburrido vals. Tratando de que no le viera nadie se giró un poco y bostezó colocando la mano sobre su boca, gesto que no pasó inadvertido para su demonio. Sebastian le cogió del brazo y consiguió que salieran por una de las puertas de cristal que comunicaban con el jardín. Una vez estuvieron fuera, el conde se zafó del fuerte apretón del mayordomo y le propinó una de sus bofetadas.

– ¿Se puede saber que estás haciendo?- su cara se había puesto roja por el enfado – ¡Se pensarán que ha pasado algo!

– Tan solo quería divertirle un poco, señor. Sus bostezos no pasaban desapercibidos para nadie… y no queremos que nuestros anfitriones se sientan ofendidos, ¿Verdad que no? –  la sonrisa burlona volvió a cruzar su rostro en cuanto el joven agachó su cabeza avergonzado. Realmente solo había bostezado una vez y únicamente era el demonio quien se había percatado del gesto, pero Sebastian necesitaba una excusa para apartarlo de la gente.

Se quedaron en silencio, Ciel fijaba su mirada en el lago cristalino que se veía unos metros más allá, mientras Sebastian observaba a su joven amo con ese disfraz de gato negro.

La noche ya había caído y las estrellas se reflejaban en el lago, la luna se recortaba en la oscuridad cubierta por un manto de nubes grisaceas y la música llegaba de la gran sala atravesando las puertas y ventanas de cristal.

– ¿Me concede este baile?- dijo el mayordomo mientras hacía una profunda inclinación. Sin esperar a que el estupefacto conde respondiera lo tomó de la cintura y comenzó a bailar al ritmo de la música. Sus ojos rojos lo miraban fijamente, como si pudieran ver su alma y todo lo que trataba de esconder tras su máscara de indiferencia, y su habitual mueca burlona había desaparecido tornándose una tórrida sonrisa que derretiría un helado en pleno invierno. Siguieron bailando durante unos minutos hasta que el demonio lo atrajo hacia sí, acercando peligrosamente sus rostros. Sebastian humedeció sus labios, preparándose para depositar aquel huidizo beso en la virgen boca de su amo cuando algo lo detuvo. Ciel lo miró desconcertado, su ojo descubierto, que antes brillaba de emoción, se apagó al escuchar el horripilante grito procedente del gran salón.

Reflejo

Se miró al espejo, sus ojos grandes y castaños recién perfilados con eyeliner negro se ocultaban tras unas pestañas, mas bien cortas, enmascaradas con rimel azul cobalto. Siguió observando su cara, la boca era pequeña y los labios no eran ni muy jugosos ni extremadamente finos, no solía pintárselos, pero esta vez los manchó con suavidad de el labial rosa claro que le habían regalado años atrás y que nunca había usado. Siguió mirando su reflejo, no era gran cosa, solo una chica más en la Tierra, una de tantas. Su pelo corto había perdido su morado habitual y ahora mostraba unos rizos rosados que se oscurecían según se acercaban a la raíz castaña del cabello. Se sonrió a si misma débilmente sin enseñar los dientes, pues los brackets que le habían puesto a penas 4 meses atrás le parecían horribles, a demás le dificultaban de múltiples maneras su labor como trompista en la banda de su barrio, de la que había formado parte desde los 7 años. Volvió a sonreír, pero esta vez alzó solamente una de las comisuras de su boca, dibujando en la mejilla derecha su único hoyuelo.

Caminó hasta el salón, donde un espejo de cuerpo entero se apoyaba contra la pared. Se volvió hacia él en cuanto pasó por delante, no le gustaba mirar su cuerpo pero nunca se negaba a si misma el “placer” hacerse sentir mal por su forma física. Sus piernas eran gordas al igual que su trasero, a penas con barriga y con unos pechos que consideraba exageradamente grandes y molestos, al menos tenía cintura y no parecía un rectángulo… Se sentó sobre el sofá, esperando a que vinieran a buscarla mientras pasaba las desgastadas páginas de un manga de Junji Ito.

Mesopotamia

Los dos jóvenes caminaron a la ciudad, empezaba a anochecer y el toque de queda les obligaba a estar en sus casas antes de que el sol se ocultara tras las Colinas de Lilit, nombre que recibían debido al gran parecido con los pechos desnudos de la diosa.

Arash contempló la figura de Masha, esbelta, envuelta en una túnica blanca con bellos bordados enmarcados en círculos color añil y su pelo largo y liso, que caía por su espalda en cascada. La chica se giró interrogante, esperando a que su acompañante avanzara hacia su posición. Arash caminó con determinación, hacía mucho tiempo que esperaba por una oportunidad como esta. Cuando se puso a su altura separó en seco y la miró a los ojos, tan oscuros como el cielo una noche nublada y sin luna.

Deslizó las manos por los costados de su cintura, lentamente, hasta llegar a los muslos, que oprimió con delicadeza, empujando la cadera de la joven contra la suya. Enfrentando sus miradas aproximó los labios dejándolos a penas unos milímetros de distancia y con una sonrisa burlona la levantó apoyándola contra el muro que delimitaba la ciudad.

– ¿Que haces? – dijo en un susurro.

– Aquello que siempre he querido hacer.

Y con estas palabras selló sus labios con los de Masha.

El Baile de Disfraces: Capítulo 6

Ya en el carruaje volvían a la mansión, empezaba a oscurecer, pues habían pasado la tarde reunidos con los accionistas.

Ciel bostezaba disimuladamente, había estado a punto de acabarse el libro, pero la oscuridad le impedía continuar con su lectura. Perezosamente apoyó el pie en el asiento que tenía enfrente y apoyó la cabeza sobre su puño cerrado tras lanzar un suspiro. Estaba aburrido.

– Señor, no tardaremos mucho en llegar – susurró el sexy mayordomo desde su asiento.

El joven conde a penas lanzó un soplido como respuesta, seguía molesto por la actuación de Sebastian y quería hacérselo notar, estúpido demonio… Ese fue su último pensamiento antes de que cayera en los brazos de Morfeo.


Sebastian desvistió al menor y lo metió en la cama, el adolescente apenas podía abrir los ojos por el cansancio, después de todo seguía siendo un niño que se empeñaba en parecer mayor y necesitaba sus 8 horas de sueño.

El demonio se tomó su tiempo en cubrir el delicado cuerpo del menor con las sabanas, su piel parecía tan suave… fue entonces empezó a sentir curiosidad, a pesar de haberlo acompañado desde los 12 años  aún no había tocado la porcelana blanca que se mostraba descubierta ante él.

Se quitó el guante que cubría la marca del contrato y, no sin antes comprobar que el menor estaba profundamente dormido, desató el parche que cubría el ojo marcado del Ciel y acarició delicadamente su cara, el tacto era realmente suave y aterciopelado, ni una imperfección dañaba el bello rostro del joven. Con el dedo índice recorrió sus labios con suavidad, siguiendo por la comisura pasó a su mejilla, finalmente llegó a la frente y con una inclinación posó sus labios sobre esta.


El día llegaba lluvioso, pero el repiqueteo de las gotas contra los cristales de la vieja mansión no impidió que Ciel siguiera sumido en su plácido sueño. Una voz conocida se escuchó desde la puerta, dispuesto a seguir su rutina diaria Sebastian irrumpió en la habitación.

Tras levantar y servir el desayuno al pequeño, se dirigió al aula de música, donde descansaba un piano de cola negro cuyas teclas de marfil, desgastadas por el uso, resaltaban ante la oscuridad del hermoso instrumento. Con cuidado se sentó en la banqueta del mismo color, adornada con pequeños detalles tallados en la madera, y comenzó a tocar una hermosa melodía.

Ciel paseaba por su despacho, ya había acabado sus tareas diarias y como era sábado no tenía clases, hoy podía hacer lo que más le apeteciera. Fue a la biblioteca y cogió otro de sus clásicos favoritos, hojeando el libro de camino a su habitación no pudo evitar escuchar la melodía que inundaba el caserón. Conocía muy bien esas notas que le llevaban a su más tierna infancia y los recuerdos que tanto se había esforzado estos años en reprimir volvieron a su mente… Un padre atento y cariñoso despeinaba el pelo de un niño de ojos azules despreocupado y feliz mientras la mujer más hermosa que había visto en su vida entonaba esa misma melodía al piano llamándolo por su nombre, alegre y risueña.

Ciel se acercó inconscientemente a la sala donde Sebastian reproducía la obra, como si respondiera a la llamada que su madre había hecho hace tanto tiempo, como si albergara la esperanza de que todos estos últimos años no hubieran pasado y sus padres no hubieran obtenido el final que tan grabado a fuego tenía en la memoria. Pero toda la esperanza se desvaneció cuando vio a su mayordomo sentado frente al instrumento, él era la prueba viviente de que sus padres seguían muertos y esa evidencia provocó que la pequeña sonrisa llena de esperanza que había aparecido en la faz del menor desapareciera y diera paso a la indiferencia habitual.

– Buenos días señor. ¿Le ha agradado mi interpretación?

Sebastian sonrió complaciente esperando la respuesta, pero Ciel solo asintió y suspiró débilmente antes de desaparecer por la puerta camino a su cuarto. El demonio agachó la cabeza y cerró la tapa del piano.

Nada

No soportaba la presión con facilidad, dolor de cabeza, nervios, vómitos, múltiples rabietas y ataques de ansiedad seguidos de una repentina parálisis que, si no fuera por su débil respiración, podría confundirse con la llegada de la más terrible de las verdades.

Posó las manos sobre su cráneo, aferrándolo con fuerza, como si así pudiera impedir que se fuera caminando y se perdiera por aquel mundo caótico en el que se había convertido su vida. Lentamente se sentó y  sollozando miró al techo, sintiendo como el frío del mármol sobre el que descansaba penetraba en su interior.

Fracaso, eso era lo único que encontraba en sus recuerdos, una decepción tras otra, creando un sentimiento de vacío que se extendía por su pecho y se abría paso como los gusanos en los cadáveres, alimentándose de los despojos de lo que una vez fue vida y que ahora ya no era nada.